El ego en el trabajo: la señal que nadie está leyendo bien

Voy a empezar con una confesión.

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Todos hemos sido ese compañero de trabajo. El que necesita tener la última palabra en la reunión. El que cuando alguien cuenta un logro, automáticamente recuerda uno suyo mejor. El que ante cualquier crítica, por pequeña que sea, se pone a la defensiva como si le hubieran declarado la guerra.

Todos, en algún momento, hemos dejado que el ego tome el mando en el trabajo. Y casi todos, unas horas después, hemos tenido esa sensación incómoda de preguntarnos por qué reaccionamos así. Qué fue lo que nos picó. Por qué algo tan pequeño nos sacó tanto de quicio.

La respuesta que solemos darnos es la más cómoda: el estrés. El cansancio. El burnout. Estaba con demasiada presión, no dormí bien, llevo semanas al límite.

Y puede que todo eso sea verdad. Pero hay algo más que casi nunca miramos. Algo que está justo debajo de todas esas explicaciones y que, si lo ignoramos, seguirá generando los mismos patrones una y otra vez, independientemente de cuánto descansemos o cuántas técnicas de gestión del estrés aprendamos.

Ese algo se llama desalineación laboral. Y el ego, cuando aparece de forma desproporcionada en el entorno profesional, es una de sus señales más claras y más ignoradas.


Desalineación Laboral
Desalineación Laboral

Primero, hablemos del ego sin demonizarlo

El ego tiene muy mala prensa. Se usa casi siempre como insulto, como diagnóstico de algo que hay que eliminar, como el enemigo a batir en cualquier proceso de crecimiento personal que se precie.

Pero eso no es del todo justo. Ni del todo útil.

El ego, en su origen, es simplemente un mecanismo de protección. Una respuesta del sistema nervioso ante la amenaza, real o percibida, de ser herido. De ser menos. De quedar expuesto. Es el escudo que desarrollamos, normalmente desde muy pequeños, para proteger algo muy vulnerable: nuestra autoestima, nuestra identidad, el relato que construimos sobre quiénes somos y cuánto valemos.

En determinadas circunstancias, ese escudo fue absolutamente necesario. Nos protegió cuando éramos demasiado frágiles para enfrentarnos a ciertas verdades. Nos ayudó a sobrevivir entornos difíciles, críticas demoledoras, comparaciones injustas.

El problema no es que el escudo exista. El problema es cuando ese escudo se activa en situaciones que no representan ninguna amenaza real. Cuando un compañero que cuenta sus vacaciones en Bali dispara en nosotros una necesidad urgente de demostrar que las nuestras fueron mejores. Cuando una crítica menor sobre un informe se vive como un ataque personal. Cuando cualquier pequeña fricción en el entorno laboral activa un nivel de defensa completamente desproporcionado con la situación.

En esos momentos, el ego ha dejado de ser un aliado. Se ha convertido en un reflejo automático que reacciona antes de que podamos pensar, que nos hace decir y hacer cosas que luego lamentamos, y que genera una tensión constante en nuestras relaciones profesionales que, con el tiempo, nos agota.

¿Por qué ocurre eso? ¿Por qué hay momentos en los que el escudo se activa casi solo, sin que podamos controlarlo?

Porque hay una herida debajo. Y la herida está abierta.


La herida que el trabajo puede abrir sin que lo sepamos

Aquí es donde quiero que te detengas un momento, porque lo que viene ahora es importante.

Hay una diferencia enorme entre tener un mal día en el trabajo y vivir de forma crónica con la sensación de que algo no encaja. El primero es inevitable y universal. El segundo es específico, sostenido, y tiene consecuencias psicológicas muy concretas que van mucho más allá del estrés o el cansancio.

Cuando llevamos mucho tiempo en un trabajo que no encaja con nosotros, que no conecta con nuestros valores, con nuestras capacidades reales, con lo que sentimos que deberíamos estar haciendo con nuestro tiempo y nuestra energía, algo se va erosionando por dentro. No de golpe. No de forma dramática. Sino poco a poco, en silencio, a través de pequeñas fricciones diarias que se acumulan hasta convertirse en algo que ya no podemos ignorar.

Esa erosión crea una herida. No una herida visible, no una que puedas señalar en un mapa del cuerpo, sino una herida en la identidad profesional. En el sentido de valía. En la capacidad de sentirse competente, relevante, en su lugar.

Y una herida abierta, como cualquier herida, duele. Y cuando duele, busca protección. Y la forma en que nuestra psique protege esa herida es, precisamente, activando el ego.

El compañero que cuenta sus vacaciones en Bali no te ha hecho nada. Pero si llevas meses sintiéndote invisible en tu trabajo, si tienes la sensación de que tus logros no se reconocen, si cada día que pasa te reafirma en que no estás donde deberías estar, ese relato de Bali puede activar algo que tiene muy poco que ver con las vacaciones y mucho que ver con esa herida que está esperando ser curada.

La reacción egocéntrica no es la causa. Es el síntoma. Y el síntoma nos está señalando algo.


Ego y desalineación laboral: la conexión que nadie nombra

La desalineación laboral es uno de esos fenómenos que, cuanto más lo estudias, más te das cuenta de que está detrás de muchísimas cosas que en apariencia no tienen nada que ver entre sí.

Está detrás del agotamiento crónico que no se va con el descanso. Está detrás de la dificultad para concentrarse, para motivarse, para encontrar sentido en lo que se hace. Está detrás del burnout que reaparece una y otra vez aunque cambies de empresa o te tomes una baja. Y está, como estamos viendo, detrás de esos patrones de ego desproporcionado que contaminan las relaciones en el entorno profesional.

¿Por qué? Porque la desalineación laboral genera una inseguridad muy específica. No es la inseguridad del que no sabe hacer su trabajo. Es la inseguridad del que no sabe si está haciendo el trabajo correcto. Del que tiene la sensación persistente de estar invirtiendo su tiempo y su energía en una dirección que no es la suya. Del que, por mucho que se esfuerce y por buenos que sean sus resultados, no termina de sentirse en paz con lo que hace.

Esa inseguridad crea una sensibilidad especial a todo lo que, en el entorno laboral, pueda interpretarse como una señal de que no eres suficiente. Una crítica. Una comparación. Un logro ajeno que hace que el tuyo parezca menor. Un reconocimiento que va a otro compañero. Una dinámica de reunión en la que tu voz no tiene el peso que esperabas.

Cualquiera de estas situaciones, en una persona alineada con su trabajo, pasa casi inadvertida o se gestiona con relativa facilidad. En una persona desalineada, puede convertirse en el detonante de una reacción egocéntrica que después no entiende, que le genera culpa, que le hace cuestionarse su carácter y que añade una capa más de malestar a un estado emocional que ya estaba bastante cargado.


Por qué el burnout no es la explicación completa

Cuando estas reacciones empiezan a ser frecuentes, cuando el ego aparece una y otra vez en el trabajo de forma que empieza a afectar a las relaciones y al bienestar, la explicación más habitual sigue siendo la misma: burnout, estrés, demasiada presión, falta de descanso.

Y no es que esa explicación sea mentira. Es que es incompleta.

El burnout, tal como se vive en muchos casos de desalineación laboral, es exactamente eso: una consecuencia, no una causa. Es el resultado de haber sostenido durante demasiado tiempo una tensión que el sistema ya no puede aguantar. La tensión entre lo que eres y lo que haces. Entre lo que necesitas y lo que tienes. Entre el trabajo que realizas cada día y el trabajo que, en algún lugar dentro de ti, sientes que está esperando.

Tratar el burnout sin tocar la desalineación es como inflar un neumático que tiene un pinchazo. Puedes inflarlo todas las veces que quieras. Seguirá desinflándose.

He acompañado a personas que han pasado por procesos de baja, de terapia, de cambio de hábitos, de mejora de la conciliación, y que al cabo de un tiempo volvían a estar en el mismo punto. No porque el proceso no hubiera funcionado. Sino porque habían trabajado el síntoma sin mirar la raíz.

La raíz, en muchos de estos casos, era la desalineación. Y la desalineación pedía un trabajo diferente: no descansar más, sino mirar hacia adentro. No gestionar el estrés, sino preguntarse qué estaba generando ese estrés. No aprender a convivir con la incomodidad, sino entender de dónde venía esa incomodidad y qué estaba intentando decirles.


Las preguntas que abren la puerta

Si algo de lo que estás leyendo te está resonando, probablemente no es casualidad. Y quiero proponerte algo que puede parecer sencillo pero que pocas veces nos permitimos hacer de verdad: observar tu ego en el trabajo sin juzgarlo.

La próxima vez que te descubras reaccionando de forma desproporcionada ante un comentario de un compañero, ante una crítica de tu jefe, ante el logro de alguien de tu entorno profesional, en lugar de analizarte a ti mismo con dureza o de atribuirlo todo al estrés, párate un momento y hazte una pregunta diferente.

¿Qué está intentando proteger esta reacción?

Y luego, si puedes, ve un poco más adentro.

¿Me siento valorado en este trabajo? ¿Siento que lo que hago tiene sentido, que conecta con algo que me importa, que estoy donde debo estar? ¿O hay una parte de mí que lleva tiempo sabiendo que algo no encaja y que no me he permitido escuchar del todo?

No hace falta que las respuestas lleguen de inmediato. De hecho, las respuestas más honestas casi nunca llegan de inmediato. Llegan cuando les damos espacio, cuando dejamos de huir de ellas con el trabajo, con la agenda llena, con el ruido constante de lo urgente.

Pero la pregunta, por sí sola, ya es el inicio de algo.


Desalineación Laboral
Desalineación Laboral

Curar la herida, no solo calmar el dolor

El ego desproporcionado en el trabajo no se resuelve aprendiendo a controlarlo. Se resuelve curando la herida que lo activa.

Y curar esa herida, cuando tiene que ver con la desalineación laboral, implica un proceso que es a la vez más difícil y más liberador de lo que parece. Implica revisar honestamente la relación que tienes con tu trabajo. Preguntarte si lo que haces cada día dice algo de quién eres realmente o solo de quién has aprendido a ser para sobrevivir en un entorno que nunca fue del todo tuyo.

Implica, también, permitirte imaginar algo diferente. No como fantasía de escapismo, sino como exploración genuina de qué es lo que necesitas para sentirte en tu lugar. Qué tipo de trabajo, qué tipo de entorno, qué tipo de contribución te haría levantarte por la mañana con algo parecido a las ganas.

No es un proceso rápido. No es lineal. Hay días en los que parece que todo encaja y días en los que la incertidumbre vuelve a ser la protagonista. Pero hay algo que cambia de forma bastante rápida cuando empiezas a mirar en la dirección correcta: el ego empieza a calmarse.

No porque hayas aprendido a reprimirlo. Sino porque la herida que lo alimentaba está, por fin, recibiendo atención.


Para cerrar

Si has llegado hasta aquí, es posible que hayas reconocido algo. Una situación, una reacción, una sensación que llevas tiempo teniendo en el trabajo y que nunca habías mirado desde este ángulo.

Quiero que sepas que no hay nada de malo en ti por tener ese ego que a veces se dispara. No eres una mala persona ni un mal profesional. Eres alguien que lleva tiempo con una herida abierta que no ha recibido el cuidado que merece.

Y eso, con el acompañamiento adecuado, tiene solución.

El primer paso siempre es el mismo: dejar de mirar el síntoma y empezar a mirar lo que hay detrás.

 

 

Nota: Texto generado con la ayuda de la IA y supervisado por el profesional

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